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La diosa dorada que acapara miradas

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La diosa dorada que acapara miradas

November 11, 2017      In Uncategorized No Comments

Salí de uno de los hoteles en Ixtapa más reconocidos de aquel lugar, vestido con un traje que me hacía ver elegante y abordé una limusina negra que ya me esperaba afuera. El conductor me llevó a un lujoso restaurante donde, según las lenguas más sofisticadas del país, sirven el mejor vino de todo México, incluso algunos se atreven a decir que es el más exquisito de Latinoamérica, así que tenía que comprobarlo.

El lugar estaba lleno de gente adinerada, que sabe lo que es ir a ese tipo de lugares, la verdad es que yo sólo actuaba como si fuera alguien que lo ha tenido desde que nació, pero no era así, sólo había ahorrado lo suficiente por dos años para pasar unas lujosas vacaciones. El color blanco en las paredes y el negro en los muebles le daban un toque de exquisita elegancia, sentía que estaba fuera de lugar pero mantuve la compostura, actué como si fuera un restaurante más en mi lista.

Comencé pidiendo una copa de vino, la cual seleccioné de una breve lista de recomendaciones que me dio el camarero, y lo iba a acompañar con un corte de carne y papas cocidas, algo muy sencillo pero que lo vendían como si fuera un manjar. El vino estaba delicioso, así que pedí la botella, la cual era extremadamente costosa pero no me iba a limitar, era el objetivo de haber ahorrado por dos años. Mientras me deleitaba con el vino y la comida, que en verdad era deliciosa, el lugar se iluminó con la presencia de una diosa dorada.

Una joven de largas piernas atravesó las puertas y se robó las miradas de todos y cada uno de los comensales, incluso algunos dejaron a medio camino el bocado que iban a meterse a la boca. Un vestido amarillo que contrastaba con su piel moreno y que parecía hecha de porcelana, su cabello café y uno ojos color miel tan claros que al mirarla quedabas hipnotizado. Las sombras doradas en sus ojos los resaltaban y parecía una modelo salida de una de las revistas de moda más afamadas. De inmediato quedé enamorado de toda su figura y su bello rostro. No creí que nada pudiera iluminar más que la presencia de aquella mujer.

Se sentó en una mesa no muy alejada de mí y a los pocos minutos llegó un hombre que la acompañaría toda la cena, desconozco si era su novio, su hermano, su amigo o lo que sea, nunca los vi besarse ni coquetear, por lo que no les puedo asegurar nada. Lo que sí me di cuenta es en su finura, en la elegancia que tenía en cada uno de sus movimientos, que parecía hacerlos en cámara lenta y yo lo disfrutaba. Sabía que estaba fuera de mi liga, así que aunque estuviera sola no me habría atrevido a acercarme, además de que su personalidad tan impactante me hubiera cohibido.

Terminé de cenar y regresé al hotel, ya un poco bebido por haberme terminado la botella de vino y con la imagen de aquella diosa dorada en la mente, a quien no olvidaré hasta dentro de mucho tiempo. Es que una belleza de esa magnitud no sale de tu mente tan fácil, y de tu corazón menos. Sólo espero el día en que nuestros caminos se vuelvan a cruzar y quizá en ese entonces me anime a hacer el intento.

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